En un esfuerzo por abrir la conversación pública sobre el consumo, la cultura y la regulación de las bebidas alcohólicas en el país, se llevó a cabo un taller especializado donde expertos analizaron tres ejes fundamentales: el mercado de bebidas en México, los patrones de consumo y las barreras regulatorias que enfrenta el sector.
El encuentro no solo abordó aspectos técnicos, sino que buscó cambiar la narrativa dominante en torno al alcohol, alejándola de simplificaciones y acercándola a una comprensión más integral, informada y responsable. Las ponencias fueron presentadas por Luis Nogales, director del Centro de Estudios sobre el Maguey y Mezcal (CEMMEZ), Susana Barroso de CANACINTRA, y José Heraclio de Lucas, líder de Moderniza IEPS.
Un mercado dominado… pero poco comprendido.
Uno de los principales hallazgos expuestos durante el taller es la fuerte concentración del mercado mexicano. De acuerdo con datos presentados, la cerveza representa el 93.9% del volumen de ventas, mientras que los destilados —donde se encuentra el mezcal— apenas alcanzan el 2.7%.
Este dato evidencia una paradoja: mientras el discurso internacional posiciona al mezcal como símbolo cultural de México, en el consumo interno su presencia sigue siendo marginal frente a productos industrializados.
Cómo beben los mexicanos: entre la normalización y el riesgo.
El análisis del consumo reveló cifras relevantes. Según datos de ENCODAT 2025 (Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco), más del 73% de la población ha consumido alcohol alguna vez en la vida, y cerca del 46% lo hizo en el último año.
Sin embargo, más allá del volumen, el foco se puso en la forma de consumo. El taller insistió en la necesidad de diferenciar entre consumo moderado y consumo nocivo, introduciendo herramientas como el “trago estándar”, que permite medir la ingesta real de alcohol independientemente de la bebida.
“Alcohol es alcohol”, se destacó, subrayando que una cerveza, una copa de vino o un destilado pueden contener cantidades equivalentes de etanol.
Prevención: una agenda compartida.
Lejos de promover el consumo, el taller enfatizó una agenda de responsabilidad alineada con estándares internacionales y marcos como la Ley General de Salud.
Entre los principales ejes se encuentran:
- Evitar el consumo en menores de edad.
- Prevenir la ingesta de alcohol y conducción de automóvil.
- Evitar el consumo en mujeres embarazadas.
- Promover el consumo moderado y responsable.
- Respetar al no bebedor.
Este enfoque busca reposicionar el debate: no se trata de prohibir, sino de educar y regular con inteligencia.
El gran pendiente: la regulación y el IEPS.
El tercer eje del taller puso sobre la mesa uno de los temas más sensibles: la política fiscal. Actualmente, el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) grava las bebidas alcohólicas con base en su valor económico, lo que —según los participantes— genera distorsiones estructurales:
- Castiga productos de mayor calidad y precio.
- Favorece modelos industriales de bajo costo.
- No está alineado con objetivos de salud pública.
En este contexto, se planteó la necesidad de una modernización del esquema fiscal hacia modelos basados en contenido de alcohol puro, lo que permitiría mayor equidad y coherencia regulatoria.
Más allá del mercado: una conversación cultural.
Uno de los momentos clave del taller fue la reflexión sobre el papel del mezcal dentro de esta discusión. Más allá de cifras o regulaciones, se subrayó que los destilados tradicionales representan una cadena productiva profundamente ligada al territorio, a las comunidades y a la identidad mexicana.
El mensaje fue claro: no se puede hablar de política pública sin entender la cultura que está detrás del producto.
Una narrativa que debe cambiar.
El taller concluyó con una invitación directa a los medios: construir una conversación más profunda, más informada y menos superficial sobre el alcohol en México. Porque el reto no es menor. Se trata de equilibrar tres dimensiones:
- Salud pública.
- Desarrollo económico.
- Patrimonio cultural.
Y en ese equilibrio, el futuro del mezcal —y de toda la industria de bebidas en México— está en juego.
