Pese a los ataques, las críticas y hasta las malas interpretaciones que los principales personeros del régimen de Cuarta… realizan cotidianamente en contra de la actividad periodística, la Encuesta sobre los factores que determinan la confianza en las instituciones públicas que se dio a conocer a inicios de esta semana apunta que se incrementó el sentimiento de confianza en los medios de comunicación de 50% a 52%.
El porcentaje es similar al 53% de confianza ciudadana con respecto al gobierno federal.
Cada dos años la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico que agrupa a los gobiernos de 38 países, entre los cuales se encuentra el nuestro, levanta esta encuesta que, en el caso mexicano, desvela los altos niveles de polarización que aquí se han alcanzado.
No obstante, prensa, radio, televisión, portales como éste cuentan con una creciente aprobación y confianza ciudadana frente a los desaciertos, las falencias, las mentiras y el deterioro de la gobernabilidad del actual régimen.
Y esto es porque desde que la libertad de expresión se asumió como un derecho humano, como garantía individual o como derecho inmanente al ser humano –dependiendo de la ideología reinante– sólo tiene dos obstáculos para ser ejercida: el miedo y la mentira maquinada. Estos dos son los principales enemigos de esa prebenda jurídica.
El miedo, cuando el que se expresa en el sentido que desee, teme la reacción del poderoso. La mentira maquinada, cuando los medios de comunicación, generalmente respetados por el que mande, los utiliza para engañar, confundir, distraer de las razones objetivas, para continuar medrando de la confianza popular.
Miedo a la libertad. Amor al dinero
Obviamente, no todo el periodismo es libre. Hay quienes lo ejercen con la atadura del dinero que les proveen los factores reales de poder para parcializarlos a su favor: desde los gobiernos, las empresas, los sindicatos y hasta de los cárteles del crimen organizado.
Por eso es por lo que el caso específico que se presenta entre nosotros desde que el mundo es mundo es, desgraciadamente, el segundo, la mentira maquinada, en la que han caído los propietarios y sus mensajeros abusando de la confianza, de la fiat pública a sus emisiones. Es un delito grave, por cuanto amenaza la convivencia y socava el interés público del derecho a la información.
¿Qué ganamos cuando seguimos permitiendo que los medios, la prensa infame y vendida, “eduquen” al pueblo en la cultura del engaño y la trivialidad distractora?
¿Por qué no reconocemos de plano como sociedad que la verdad, aunque sea dolorosa, sigue siendo eso: la verdad pura y dura?
La respuesta es obvia: absolutamente nada. El llamado a la tolerancia y a la permisividad por parte de quienes asuelan al país ahora mismo no tiene ni tendrá sentido porque se presenta a destiempo, como una hipocresía filantrópica, necesariamente falsa y retrechera.
Que no se llamen pacíficos los que alientan la violencia y la masacre, pues es ilegítimo que invoquen la legalidad quienes la pisotean y la quieren erradicar de nuestro sistema de vida. Los que asesinan a conciencia lo que costó tanto trabajo construir, aunque sólo fuera edificado por tabiques de esperanza y de justicia.
Deben estar conscientes de que ellos han vuelto a los tiempos de los arreglos cupulares y en lo oscurito. Por eso México ya no los cree ni los respeta, ni los necesita. Por eso la gente que profesa la verdad debe tomar en sus manos los destinos del país.
La mentira es el sello de la casa 4T
La decisión de hablar con la verdad, a pecho abierto, en tiempo real, ya ha sido tomada, y esperemos que dure tanto tiempo como el pueblo la demande. No hay reversa. La verdad tiene a su favor que casi nunca se puede decir cuando los regímenes que la ejercitan no dan primero el ejemplo.
El miedo y la mentira, que son el sello de la casa en la política mexicana de medios de comunicación adocenados y vendidos han sido opacados por los movimientos sociales que siempre son dialécticos y nunca obedecen al voluntarismo de una sola persona y se reflejan ahora ya en las redes sociales.
Llega un momento en que la indolencia debe ceder el paso a la verdad. Un país que quiere salir del marasmo histórico siempre estará dispuesto a asumir la verdad, aunque se trate de una medicina sumamente amarga.
Con López Obrador, primero, y ahora con Claudia Sheinbaum, el empeño de la palabra como garantía de la verdad o de la promesa, ha pasado a un plano inferior, más abajo de la procacidad de las faramallas, haciendo causa común con fanáticos dispuestos a todo, con tal de agradar a quien vive en Casa “La Chingada”, todo un ducho en la materia.
Pero evidenciémoslos: La falsedad suele provenir siempre de una persona insegura y con autoestima baja. De alguien que cree que lo que le rodea no es suficiente y que, por esa razón, debe elaborar mentiras acerca de su vida y de su actuar. Desarrolla historias irreales y borda todo el tiempo sobre ellas.
Cuando se ve descubierto, el mentiroso se enfada o se victimiza, desviando así la atención de la mentira y proyectándola hacia el enfado o la tristeza. Cuando alguien lo descubre, seguirá negándolo hasta que su historia ya no se sostenga por ninguna parte.
Y es que el mitómano o el delirante se caracteriza por la falta de control sobre sus mentiras. Debe elaborar una intrincada red de mentiras compulsivas y patológicas para poder sostener las primeras que dijo. Sin embargo, el trastorno seguirá ahí. Es imposible dar marcha atrás cuando se han producido los debuts de los primeros brotes.
Evitar mentir resulta mucho más sencillo que sostener una vida paralela basada en engaños. Con la verdad por delante, mostramos al mundo nuestra cara más real y honesta, eso es un signo de madurez y buenas capacidades personales. Si el mentiroso patológico pudiera ver esos valores, sólo así se podría curar. Si no, es imposible.
Y en esas estamos cuando la OCDE describe que los medios de comunicación gozan de igual credibilidad que el gobiernito del régimen de Cuarta…
¿Cómo lo ve usted?
Indicios
Desde el primer sexenio de AMLO en el poder presidencial –este ya es su segundo periodo–, la comunicación gubernamental se ha centrado en las conferencias matutinas, ahora bautizadas aquí como «Las Mentiñeras» –huelga decir el por qué–, que en realidad son la expresión de propaganda gubernamental central en México. Institucionalizadas como un ejercicio diario para fijar la agenda pública, informar sobre la administración y confrontar críticas, han trascendido el formato de rueda de prensa para convertirse en un pilar del estilo de gobernar. Y eso no alcanza para que las audiencias informadas otorguen credibilidad y confianza a dichos ejercicios que, a la postre, son desmentidos por la realidad lacerante. * * * Reconozco que haya leído este Índice Político y, como siempre, le deseo ¡buenas gracias y muchos, muchos días!
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